Levantamos al viejo con la ayuda de una grúa que nos proporcionaron las monjas del Asilo, produce escalofríos verle ahí, suspendido en el aire, colgando de las correas de cuero que le sostienen a la altura de las piernas y el tórax. Mientras le transportamos permanece callado, con ojos de susto, sin atreverse a decir esta boca es mía por lo que pueda pasar, semejante a un gorrioncito pelón pillado por la punta de las plumas, que no pía, que no respira, que espera con humildad que le depositen sobre una caja de cartón para seguir picoteando alpiste y tomando algún sorbito de agua tibia.
Ya instalado en su anatómico y cómodo sillón, la hija pequeña le afeita con sumo cuidado, dedicándole dulces palabras de cariño que le mantienen tranquilo y le provocan una especie de cosquilleo agradable, lo preciso para que no se queje demasiado y obedezca las nstrucciones que la mujer le va dando, "sopla para apagar las velas papá...", para que infle los carrillos y le sea más facil pasar la cuchilla por su flácida piel, "esconde los labios, mételos hacia dentro...", cuando le toca afeitar la zona del bigote, y así sucesivamente recorriendo toda su cara y valiéndose de estos trucos para facilitarse la tarea.
Después limpia los restos de espuma y le da un masaje facial con una loción suave y de contrastada calidad, es necesario ser muy cuidadosos con su muy delicada y fina y blanca piel. Mientras palmea sus mejillas con amorosos cachetes, le mima y le arrulla como a un niño pequeño: "Pero que guapo y que lindo ha quedado mi papi, es que me dan ganas de comérmelo, pero papi, es que no puedo aguantarme, es que me pasaría las horas dándote besitos en esta carita tan bonita", esto le va diciendo al tiempo que lo llena de sonoros besos mientras el viejo se deja querer y cierra los ojos disfrutando del momento.
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